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La Esperanza (Griselda Perrotta)

On 22 septiembre, 2016 by lmurciego

 

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Al principio pensé que era una broma de los chicos.  Ellos lo negaron y terminamos peleando.  Decían que estaba paranoico; que desde que Laura me había dejado yo estaba intratable. Puede ser, que me costara un poco estar con gente; que me costara imaginarme la vida sin ella. Puede ser. Además, Laura no me había dejado. Laura desapareció. Un día llegué del trabajo y no estaba. Desapareció así, de golpe, un día de mayo. Como si se hubiera esfumado. Dejó las plantitas de especias que tenía en el balcón. ¿Cómo se iba a ir así no más, y dejarlas, si eran su compañía, sus “hijitas”, como ella las llamaba? Cultivaba de todo: albahaca, tomillo, orégano, romero, salvia, menta. Se levantaba a la mañana y les hablaba, las regaba, les hacía caricias. Se pasaba horas mirándolas. Hasta me hizo techar el balcón para que tuvieran calorcito en invierno. Mirá que las va a dejar así como si nada. ¡Se le podían secar! Es imposible que las haya dejado. O que me haya dejado a mí.  Si nos amábamos. A Laura le pasó otra cosa. No sé, capaz alguien la amenazó, o tuvo miedo de algo, no sé. Algo.

La busqué por todos lados. Hice todas las denuncias en todos los organismos de todas las jurisdicciones.  Cada vez que sonaba el teléfono se paraba el mundo.  Yo dejaba de respirar, pensando que podía ser alguien con alguna noticia de Laura.  O mejor todavía, que podía ser Laura que me llamaba para contarme lo que había pasado. Cuando me di cuenta, habían pasado tres semanas. Y justo ahí empezaron los llamados.

“¿La Esperanza?”, me dijo el primero. Confundido, respondo “¿Qué?”, y me devuelve: “Quería encargarte seis de jamón y queso”. “No, equivocado”, le digo. Y cortan. A los quince minutos, otra vez el teléfono: “Hola, quería hacerte un pedido”. “Acá no es”, le digo. A los veinte: “Buenas noches, te pido una docena de verdura”. ¿Quién se pide una docena de verdura? ¡Tenía que ser una broma! El teléfono estuvo sonando toda la noche. Cada vez que atendía pensaba que, si justo llamaba Laura, le iba a dar ocupado. Me puse loco. Pero loco enserio.  Así pasaron tres días, día y noche, sin parar. ¿Quién pide empanadas a las ocho de la mañana? ¡O de madrugada! Máximo cada quince minutos, alguien quería pedirme empanadas.  Yo no podía dejar de atender, porque podía ser Laura.  Estaba desesperado.

Al cuarto día sin dormir ya no podía pensar en nada más que en el teléfono sonando todo el tiempo, en Laura tratando de comunicarse y escuchando el tono de ocupado.  En esa época era distinto, no existían el celular ni el mail. Así que era el teléfono del departamento o nada. Ese día no fui a trabajar. Me quedé en casa, sintiendo que me iba a explotar el pecho alrededor de diez veces por hora. Al día siguiente tampoco fui. Y al otro tampoco. Al cuarto me llegó un telegrama de despido.  No me importaba nada. Lo único que me preocupaba era que Laura pudiera estar buscándome y no pudiera comunicarse por culpa de estos tipos que me encargaban empanadas.

Llegó fin de mes, y al mes siguiente llegó fin de mes de vuelta. Yo ya no sabía en qué día estaba. Tomaba agua de la canilla y comía nada más galletitas y caramelos, que Laura siempre compraba de a muchos. No tenía hambre, sed ni sueño.  La idea de salir me aterraba. ¿Y si Laura llamaba y no me encontraba? Lo único que me preocupaba era atender los llamados y regarle las plantitas a Laura, para que cuando volviera estuvieran lindas como siempre.

Un día de lluvia me despertó muy temprano el timbre del teléfono. Atiendo, pero esta vez no querían empanadas, ni tampoco era Laura. Era el dueño del departamento, que me dice: “Me debés dos meses”. Claro. Recién ahí me di cuenta de que era Laura la que se ocupaba de pagar el alquiler. Yo ya no tenía trabajo, ni presencia, ni dignidad. No tenía nada. Pero tampoco podía dejar el departamento. ¿A dónde iba a ir? ¿Y si Laura llamaba? “Sí”, le digo, “Es que mi mujer desapareció y la estoy pasando muy mal; discúlpame; te juro que voy a solucionarlo cuanto antes”. Se hizo un breve silencio y el hombre me dice: “¿Desapareció?, lo siento mucho, no quise molestarte, tomate el tiempo que necesites”. Se ve que entendió.

Yo estaba angustiadísimo. Sin trabajo, sin plata, no me podía mover de casa, ¿qué iba a hacer? De repente suena el teléfono. “Hola, ¿me preparás seis de carne?” Sin pensar, como un reflejo, le contesto: “Sí, pero van a tardar un poquito. No las vengas a buscar; te las alcanzo; pasame la dirección”. En esa época no existía el delivery. Se hizo un silencio. Se ve que el hombre dudaba. “Dale, ¡buenísimo!”, me dice, y me pasa la dirección. “Es una librería”, agrega. Mientras anotaba, todavía no sabía cómo iba a hacer para preparar las empanadas y, después, para entregarlas. Y ahí me acordé del freezer de Laura. ¡Claro! ¡Me había olvidado del freezer! Los padres de Laura nos habían mandado el lujito desde Europa como regalo de casamiento, y para Laura era como tenerlos a mis suegros viviendo en la cocina. Lo adoraba. Seguro que ahí había algo de carne, verduras, tapas, algo para improvisar.  Dicho y hecho. En el freezer encontré dos kilos de carne, un pollo, un cuarto de jamón, media barra de muzzarella, cebollas y otras verduritas cocidas, y dos docenas de tapas para empanadas. Saqué lo que necesitaba, lo puse a baño María, y en cuanto estuvo todo descongelado me puse a hacer el relleno. Aceite, cebollita, un poco de sal, pimienta, carne cortadita con el cuchillo, y tres hojitas de albahaca, como le gustaba a Laura. Las armé, y al horno ¿Y para entregarlas, qué iba a hacer? Entonces pensé en Pablito, el pibe de al lado, el que se escuchaba a la madre todo el día gritándole que era un vago y que fuera a buscar trabajo. Capaz me podía hacer el favor. Era acá a dos cuadras, nomás.   Le toco el timbre y me abre en chancletas comiendo una banana. Le digo: “¿Me llevás unas cosas? Te podés quedar con la propina”. Me mira de arriba abajo y me dice: “Bueno”. Escucho sonar el teléfono y vuelvo corriendo. Una señora me pide cuatro de jamón y queso y le tomo el pedido.

Así arrancamos. Fuimos el primer delivery de empanadas del país. Con lo que iba haciendo, le pedía a Pablito que me comprara las cosas que faltaban y lo que necesitaba en casa, y que pagara el teléfono; y empecé a pagar el alquiler también, y las otras cuentas. Un día cuando vuelve del recorrido me deja, junto con la plata de los pedidos, unos folletos que le habían dado en la calle. Entre los más chiquitos, había una guía del barrio. En la última página estaban los avisos de comida para llevar. Un rectangulito en la línea más alta decía, en letras rojas: “La Esperanza. Sus Mejores Empanadas. Mairet 3487.  Tel. 93-5742”, con  el dibujo de dos empanadas regordetas con ojos y sonrisa. Y ahí estaba la explicación del milagro: se ve que la imprenta había confundido algún número, porque el teléfono que aparecía en el folleto era el mío.  No dije nada.  Seguí tomando los pedidos y entregando.

Unos meses después Pablito me contó que la empanadería de Mairet había cerrado. Tampoco confesé.

Con el tiempo fuimos creciendo. Los clientes empezaron a recomendarnos. Como a veces tardábamos mucho, empezaron a hacernos los pedidos con tiempo. Y no sólo cosas chicas. También para fiestas, reuniones, casamientos. Y empezaron a pedirnos otras opciones. Así fuimos agregando pizzas, tartas y ensaladas al mediodía. Tenemos las líneas Base, Light y Supersabrosa. A todo le ponemos especias de las plantitas de Laura, que las sigo desde que ella desapareció. El otro día un cliente me dijo que la esposa era celíaca y me preguntó si le podía hacer algo especial. No sabíamos qué era “celíaca”, pero Pablito estuvo averiguando, probamos un par de recetas, y nos animamos. En diciembre vamos a lanzar la línea Empan-aptas.

Pablito se encarga de las compras y yo me ocupo del teléfono. Entre los dos preparamos los pedidos y después él los entrega. Ya pasaron 35 años, y nos va bárbaro. Tenemos clientela fija, gente que nos llama desde hace décadas, familias que compran nuestras empanadas desde hace cuatro generaciones. El teléfono suena todo el día. Y cada vez que lo escucho se me acelera el pulso, porque yo sé que un día va a ser Laura, pidiendo tres de pollo bien tostaditas, con un poquito de salvia, como le gustaban a ella.

 

Griselda Perrotta
(La Esperanza)

 

La autora de este texto acaba de publicar su primer libro Frontera, que salió por la editorial Peces de Ciudad.
Este cuento forma parte de ese trabajo si querés ver su blog literario haz clic en: “Princesa de la Viruta” .

Escucha aquí una nota realizada a esta autora en Noche de Letras 2.0 el programa conducido por Leandro Murciego y que sale por Radio Trend Topic. (conoce su historia, el vínculo con las letras y escucha de su boca algunos textos suyos)

 

 

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