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Crónicas urbanas II (misceláneas)

On 24 septiembre, 2013 by lmurciego

Gladiator

 

 

Hace un tiempo. Creo que 10 años que tomo todos los días, casi a la misma hora el colectivo. Yo suelo viajar con mi mochila, un libro (que no siempre leo pero que me hace compañía), una lapicera y un anotador donde borroneo (la mayor de las veces) algunos versos embrionarios con ganas de nacer.

Siempre viajo parado, algunas veces apretado y otras, las menos, casi eligiendo el lugar donde apoyarme. Pero siempre, siempre, escribiendo. Al principio la gente me miraba raro. Ahora soy uno más de este zoológico de la línea 8. No siempre la letra me sale redonda. No siempre salen buenas ideas. Pero lo que resulta inevitable es que a unas 5 cuadras de llegar me empiece a quedar dormido.

En el viaje al laburo ya hice de todo. Yendo por la autopista con el 8 rápido ya conté edificios ( mirando al río de la mano derecha hay pocos, la mayoría son casas), busqué iglesias y conté unas 23 del lado izquierdo y algunas menos ( casi la mitad) de la mano de enfrente. También descubrí que los días de sol, el ánimo me cambia, pareciera que tengo un poco más de fé ya que suelo ver entre dos o tres iglesias por lado.

En el viaje saqué la cuenta que escribí unos 15 poemas e inicié tres o cuatro veces más de los que he concluido… descubrí que me gusta mucho la ciudad, que existen más cúpulas de las que imaginaba, que existen una decenas de casas con techos a dos aguas constituidas sobre terrazas… descubrí que estoy grande y que recuerdo dos y hasta tres negocios diferentes en un mismo solar…

El viaje me sirvió para ver hacia adentro y mirar hacia afuera y hasta para encontrarme donde otros se pierden… pero todo de pie y con mi libretita de bolsillo y una lapicera ensayando versos no del todo libres. Siempre todo bajo la curiosa mirada del resto de los pasajeros que no entendían como con el mismo movimiento que a ellos los tenían al borde del accidente yo con tan solo apoyar la espalda en un pasamanos era capaz de encontrar alguna idea en mi cabeza y plasmarla junto a mi letra más legible.

Hace un tiempo que comparto viaje con otro extraño como yo. Un laburante. De 1.70 delgado, barba crecida pero arreglada, pelo corto. De esa gente que no le sobra el mango. Está o estuvo casado lleva anillo de oro, ancho y plano. Seguro tiene una hija con la que habló por celular brevemente alguna vez. Su teléfono no es de tener internet ni de esos mensajitos gratuitos que te roban el tiempo y las ideas. Su teléfono suele ir en el fondo de un bolso negro descolorido donde convive todo en un gran amasijo, sin bolsillos ni divisiones internas. Nada del otro mundo. Un tipo de laburo.

Dueño de un gran mundo interiror. No suele mirar al resto de los pasajeros, por lo general se sube y hace lo mismo de hoy: separa sus piernas, busca un punto de equilibrio para repartir lo mejor posible su peso y saca su pequeña libreta de espiral (un cuaderno de dibujo con hojas de Papel China). Toma un viejo lápiz portaminas y comienza a tirar trazos mientras el colectivo sube a la autopista. Siempre igual, todo distinto. Lo vi hacer dragones mágicos, guerreros alados, superhéroes de miradas iracundas y cuerpos trabajados, poseedores de algún dolor insano. Pero hacía ya varios viajes que no lograba descubrir cual era su nuevo trabajo.

Lo conozco desde hace varios anotadores, creo que dos de él y otros dos míos. Me doy cuenta mientras escribo esto, casi no recuerdo ni su voz, pero conozco quizá lo que más ama hacer… Van cómo mínimo unos 20 minutos el colectivo, que va por la Autopista 25 de Mayo, ya pasó la plaza Martín Fierro; a ese lugar iba con mi abuela a jugar cuando era pequeño. Tengo recuerdos de muy chico, algunas veces hasta con mi guardapolvo blanco. La mente es increíble… por momentos se me cruzó el perfume a azares de la planta de quinotos que aromaban los paseos por los jardines del hospital Francés…

El colectivo está cruzando por sobre la Avenida Jujuy; está por bajar de la autopista y apenas deje atrás la AU 25 de Mayo el dibujante cerrará su libreta, la colocará dentro del bolso… Casi sin motivos aparentes me muevo, me coloco cerca suyo e intento curiosear su trabajo, ese que lo subyuga, que lo rapta al menos por un rato de la realidad… Y ante mi asombro no estaba fantaseando con gladiadores intergalácticos ni animales mitológicos; estaba dibujando a un hombre de campera cazadora oscura con una libreta pequeña que haciendo equilibrio en un colectivo intenta escribir vaya a saber que extraño sueño…

Leandro Murciego
(Crónicas urbanas II)

 

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