Rubén Darío, el padre del Modernismo americano

Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío, nació un 18 de enero de 1867 y murió el 6 de febrero de 1916, en Nicaragua.

“El matrimonio de Manuel García -diré mejor de Manuel Darío- y Rosa Sarmiento, fue un matrimonio de conveniencia, hecho por la familia. Así no es de extrañar que a los ocho meses más o menos de esa unión forzada y sin efecto, viniese la separación. Un mes después nacía yo en un pueblecito, o más bien aldea, de la provincia, o como allá se dice, departamento, de la Nueva Segovia, llamado antaño Chocoyos y hoy Metapa.”


Fragmento del libro “La vida de Rubén Darío escrita por él mismo“.

Los Daríos

Como cuenta Rubén Darío en su autobiografía, sus padres debieron casarse bajo un permiso eclesiástico pues Manuel y Rosa eran primos segundos. Si bien se separan (debido a los excesos de Manuel con el alcohol y las mujeres) un mes antes del nacimiento de Rubén, un tiempo después se reconcilian. Fruto de ese reencuentro Rosa llegó dio luz a Cándida Rosa, quien murió a los pocos días de su nacimiento. La relación se deterioró otra vez y Rosa abandonó a su marido para ir a vivir con su hijo en casa de su tía Bernarda Sarmiento quien vivía con su esposo, el coronel Félix Ramírez Madregil, en la ciudad de León. Rosa Sarmiento conoció poco después a otro hombre, Juan Benito Soriano, con el que se fue a vivir a San Marcos de Colón arrastrando a su primogénito. Sin embargo, el joven Rubén decide volver a León a vivir con sus tíos abuelos, Félix y Bernarda, a quienes consideró en su infancia sus verdaderos padres.
A propósito de su apellido, Rubén Darío explica en su autobiografía:

“¿Cómo llegó a usarse en mi familia el apellido Darío? Según lo que algunos ancianos de aquella ciudad de mi infancia me han referido, un mi tatarabuelo tenía por nombre Darío. En la pequeña población conocíale todo el mundo por Don Darío; a sus hijos e hijas por los Daríos, las Daríos. Fue así desapareciendo el primer apellido, a punto de que mi bisabuela paterna firmaba ya Rita Darío; y ello convertido en patronímico llegó a adquirir valor legal, pues mi padre, que era comerciante, realizó todos sus negocios ya con el nombre de Manuel Darío;…”


Fragmento del libro “La vida de Rubén Darío escrita por él mismo“.

Rubén Darío, a los 15 años, en su viaje a El Salvador // Fotografía de los Hnos. Imery

Precoz hasta en la poesía

En la casa del coronel Félix Ramírez se realizaban tertulias de las que, indefectiblemente, participaba el pequeño Rubén. En ellas se reunían los intelectuales más célebres de Nicaragua. Rodeado de políticos y literatos el futuro del escritor casi estaba signado. El mismo Rubén no recordaba cuándo empezó a componer poemas, pero sí que ya sabía leer a los tres, y que a los seis empezó a devorar los clásicos que halló en la casa; a los trece ya era conocido como poeta, y a los catorce concluyó su primera obra. Según refiere el escritor: “Yo nunca aprendí a hacer versos. Ello fue en mi orgánico, natural, nacido. Acontecía que se usaba entonces -y creo que aun persiste- la costumbre de imprimir y repartir, en los entierros, «epitafios», en que los deudos lamentaban los fallecimientos, en verso por lo general. Los que sabían mi rítmico don, llegaban a encargarme pusiese su duelo en estrofas.”. Darío escribía elegías a los muertos, epitalamios a los recién casados y odas a los generales victoriosos.

Los Refugios de Rubén Darío

De naturaleza romántica, a los catorce años se enamora de Rosario Emelina Murillo y, frente al deseo de casarse con ella, recibe de sus amigos una carcajada descripta por el propio Darío como “homérica”: “Como mis buenos queredores viesen una resolución definitiva en mi voluntad, me juntaron unos cuantos pesos, me arreglaron un baúl y me condujeron al puerto de Corinto, donde estaba anclado un vapor que me llevó en seguida a la república de El Salvador.”
En dicho país es acogido bajo la protección del presidente de la república Rafael Zaldívar. En esta época conoce al poeta salvadoreño Francisco Gavidia, gran conocedor de la poesía francesa, quien influyó en la escritura de Darío que supo adaptar el verso alejandrino francés (versos de catorce sílabas) a la métrica castellana -rasgo que distingue a la poesía modernista-.
Tras pasar unos meses en El Salvador, Darío se enamora de una joven llamada Refugio. Acerca de ello expresa: “Aquí se produce en mi memoria una bruma que me impide todo recuerdo. Sólo sé que perdí el apoyo gubernamental. Que anduve a la diabla con mis amigos bohemios y que me enamoré ligera y líricamente de una muchacha que se llamaba Refugio, a la cual escribí, en cierta ocasión, esta inefable cuarteta, que tuvo, desde luego, alguna romántica recompensa: Las que se llaman Fidelias/ deben tener mucha fe,/ tú, que te llamas Refugio/ Refugio refugiame.”

En 1883, un año después, regresa a Managua donde renueva su noviazgo con Rosario. Sin embargo, al enterarse de “algo” de su prometida durante su ausencia, decide irse del país. Con apenas diecinueve años, en 1886, viajó a Santiago de Chile donde publicó su primer gran título: Azul (1888), libro compuesto por poemas y cuentos, que llamó la atención de la crítica. A Rosario es a quien nombrará como “garza morena” en la mencionada obra:

“¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los recuerdos profundos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal. Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas, en el inefable primer instante del amor.”

Fragmento del cuento Palomas blancas y garzas morenas“, del libro Azul de Rubén Darío

Obra desde el título modernista, ya que una de las características que sobresale de este movimiento literario es el uso y abuso de símbolos. Tanto ciertas aves blancas (como la paloma y el cisne) y los colores son elementos cargados de simbolismo. Es por ello que el libro “Azul” no sólo refiere en su epígrafe una frase de Víctor Hugo: “L’art c’est l’azur”, sino que para el propio Darío el color azul es “el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y firmamental”.

Rubén Darío supo dejar su huella por las calles porteñas durante su residencia en Buenos Aires

Los casamientos frustrados de Rubén Darío

El 21 de junio de 1890 Rubén Darío contrajo matrimonio con Rafaela Contreras. Tuvieron un hijo, Rubén, nacido en Costa Rica el 11 de noviembre de 1891. Más tarde, con motivo de la celebración del cuarto centenario del descubrimiento de América, vio cumplidos sus deseos de conocer el Viejo Mundo al ser enviado como embajador a España.
El poeta desembarcó en La Coruña el 1 de agosto de 1892. Un año más tarde muere súbitamente su esposa lo que lo sumió a consumir mucho alcohol.
Es en ese estado de embriaguez que, poco después, fue obligado a casarse con la “garza morena”.

Rubén Darío, viudo, borracho y a punta de pistola, el 8 de marzo de 1893, se casó a la fuerza con Rosario Emelina cuyos dos hermanos militares le tendieron una trampa, a sabiendas de que ella estaba embarazada. Darío lo niega, pero todo estaba preparado: cura y testigos. La pareja viajó hacia Argentina, aunque ella regresó embarazada a Panamá poco tiempo después.

Mientras el poeta residía en Buenos Aires, ejerciendo el consulado de Colombia, nació su hijo Darío Darío, quien murió de tétanos al mes y medio como consecuencia del uso de unas tijeras sin desinfectar al momento de cortar el cordón umbilical.
Es en esta ciudad donde colabora con varios periódicos: además de La Nación, donde ya era corresponsal, publicó artículos en La PrensaLa Tribuna y El Tiempo. Allí se radicó desde 1893 a 1898. Luego, fue enviado a la capital española por el periódico La Nación.

Casamiento más allá de las letras

En 1900, conoció a Francisca Sánchez, mujer de origen campesino con la que se casó por civil y tuvo cuatro hijos, de los cuales sólo uno sobrevivió: Rubén Darío Sánchez, “Guincho”. Con ella convivió hasta casi el final de sus días. Rubén la llevó a París donde le presentó a sus amigos. Francisca era analfabeta cuando conoció a Darío (Amado Nervo, Manuel Machado y su cónyuge la enseñaron a leer). Viajó de un lugar a otro sin poder presentarla en actos oficiales como su esposa, pues aún no se había resuelto el divorcio con Rosario. En 1907, ésta se presentó en París reclamándole sus derechos de esposa; Darío trató de eludirla sin éxito. El poeta viajó a su país para obtener el divorcio, cosa que no logró.

Rubén Darío: el padre del Modernismo americano

Si bien se lo enmarca como escritor dentro del siglo XIX, su estética estará definida dentro de los cánones literarios del siglo XX. Para Darío y sus contemporáneos, los modelos planteados por el Romanticismo y el Realismo del siglo XIX ya no pueden dar cuenta de las nuevas condiciones políticas, sociales y económicas de América. Es así que se torna necesario un discurso poético nuevo, aunque contradictorio, como resultó ser finalmente el Modernismo. Rubén Darío es, en América, el iniciador de este movimiento, motivo por el cual se puede decir que es el padre del Modernismo.

En “Azul” se establecen las bases de una nueva corriente literaria que se caracterizaba, entre otras cosas, por un refinamiento de la estética y de las formas. El Modernismo literario apuesta por un artista más cosmopolita, culto y creativo que se atreve a renovar el lenguaje de una forma completa. Además del gusto por la cultura, por el arte y por la vida más cosmopolita también estaba muy presente en estas creaciones una visión idealizada tanto del amor como de la mujer.
El poeta nicaragüense Rubén Darío influenció las letras hispánicas, ya que apostó por una nueva manera de hacer literatura que era mucho más moderna (de ahí el nombre), abierta y cuidada.

Rubén Darío, el padre del Modernismo
La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro;
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de Mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste; la princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(la princesa está pálida; la princesa está triste),
más brillante que el alba, más hermoso que Abril!

“Calla, calla, princesa” -dice el hada madrina-,
“en caballo con alas hacia aquí se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor…”

(Rubén Darío)

Sonatina

Producción: Carolina Bregy
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