Rosario Castellanos y el recuerdo de Jaime Sabines

¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una.
Jamás repetí otras (por pudor o por fallas nemotécnicas).
¿Mujer de acción? Tampoco.
Basta mirar la talla de mis pies y mis manos.

Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.
Pero sí de palabras,
muchas, contradictorias, ay, insignificantes,
sonido puro, vacuo cernido de arabescos,
juego de salón, chisme, espuma, olvido.

Pero si es necesaria una definición
para el papel de identidad, apunte
que soy mujer de buenas intenciones
que he pavimentado
un camino directo y fácil al infierno.
(Pasaporte)
Rosario Castellanos

Rosario Castellanos Figueroa nació en Ciudad de México un 25 de mayo de 1925 y falleció en Israel en 1974. En su paso por la Universidad Nacional Autónoma de México se relacionó con Jaime Sabines -uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX- quien, al enterarse de su temprana muerte (tenía tan sólo 49 años) le escribió el poema Recado a Rosario Castellanos que da cuenta de la Rosario escritora, la Rosario luchadora, la Rosario diplomática, la Rosario amante, la Rosario madre. Pero, ante todo, a la mujer que fue.

La mujer diplomática

Sólo una tonta podía dedicar su vida a la
soledad y al amor.

Sólo una tonta podía morirse al tocar una lámpara,
si lámpara encendida,
desperdiciada lámpara de día eras tú.

(...)
¡Cómo te quiero, Chayo, cómo duele
pensar que traen tu cuerpo! —así se dice—
(¿Dónde dejaron tu alma? ¿No es posible
rasparla de la lámpara, recogerla del piso
con una escoba? ¿Qué, no tiene escobas la Embajada?)


¡Cómo duele, te digo, que te traigan,
te pongan, te coloquen, te manejen,
te lleven de honra en honra funerarias!

Castellanos concebía al mundo como “lugar de lucha en el que uno está comprometido”. Este precepto la llevó a convertirse en Embajadora de México en Israel en 1971. Fue sola. Su familia quedó en su país natal. Allí termina su vida cuando, al salir del baño de su departamento en Tel Aviv, recibe una descarga eléctrica de una lámpara en cortocircuito. Sus restos descansan en la Rotonda de las personas ilustres -un espacio dentro de un gran panteón donde se encuentran los restos mortuorios de aquellas personas que han realizado importantes contribuciones a lo largo de la historia para el engrandecimiento de México- desde 1974.

Rosario Castellanos

La primera mujer

Huérfana y sola como en las novelas,
presumiendo de tigre, ratoncito,
no dejándote ver por tu sonrisa,
poniéndote corazas transparentes,
colchas de terciopelo y de palabras
sobre tu desnudez estremecida.


Tenía 23 años cuando quedó huérfana. Sin embargo, para ella la orfandad se sintió mucho antes. Tenía 8 años cuando su hermano menor, Benjamín, muere a causa de una apendicitis. Según parece, sus padres manifestaron gran dolor por la pérdida y también adjudicaron cierta responsabilidad en la niña Rosario al seguir ésta con vida. Así lo manifiesta la poeta en una de las cartas a quien fuera su marido: “Aunque nunca me lo dijeron directa y explícitamente, de muchas maneras me dieron a entender que era una injusticia que el varón de la casa hubiera muerto y que en cambio yo continuara viva y coleando. Siempre me sentí un poco culpable de existir”.
Sin familia, joven y con mucha necesidad de expresarse, se convirtió en la primer mujer escritora en Chiapas.

Mujer de armas tomar

Lo bueno es que hablan bien en el Excélsior
y estoy seguro de que algunos lloran,
te van a dedicar tus suplementos,
poemas mejores que éste, estudios,
glosas,
¡qué gran publicidad tienes ahora! .

Si bien Rosario queda huérfana muy joven no estaba sola.
Su padre era dueño de grandes extensiones de terreno ya que se dedicaba a la plantación de café y caña de azúcar. En ellas trabajaban indígenas y -para que la niña Rosario no se aburriera- la hija de una pareja tzeltal fue su compañía hasta el día en que Castellanos contrajo nupcias. María Escandón, esa mujer con la que fue “casi” hermana y la presencia de su nana Rufina -también indígena y encargada de contarle historias de su pueblo- configuraron, de alguna manera, la idiosincrasia de la escritora. Al heredar parte de esos terruños, Rosario decide devolverlos a sus dueños originales: el pueblo indígena.
La crianza con mujeres indígenas marcaron parte de su escritura al tratar temas ligados al “indigenismo americano” -cuyo origen se remonta a la Revolución Mexicana- por un lado, y a la condición de la mujer en la sociedad por el otro.
Por ello, Rosario Castellanos es considerada -aunque no difundida como tal por su condición de mujer- parte del Boom latinoamericano porque supo combinar la cultura indigenista con el Realismo mágico de las décadas del ’60 y ’70.
Las honras respecto a su escritura combativa llegaron con los años. Castellanos siempre evocó a los desprotegidos, marginados, excluídos, expulsados, discriminados; en fin, a los que, por su condición social disímil con las estructuras de la época, no tenían voz ni voto. Ni aún después de la Revolución.
Y las mujeres -a pesar de que nunca se autodenominó feminista– pasaron a tener voz en sus textos, y en su boca… Afirmó en una entrevista que “si va a haber una revolución femenina, no va a ser una cosa que simplemente reforme la superficie sino que llegue realmente al fondo del problema.”

Poema “Autorretrato” interpretado por actores y actrices mexicanos, en el contexto del trailler por el estreno del film “Los adioses” de 2018.

¿La mujer de?

Retonta, rechayito, remadre de tu hijo y de
ti misma.
(...)
Retonta por desvalida, por inerme,
por estar ofreciendo tu canasta de frutas a
los árboles,
tu agua al manantial,
tu calor al desierto,
tus alas a los pájaros

En 1947, mientras cursaba la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma, conoce a Ricardo Guerra. Con él -también estudiante y profesor adjunto- se inicia una relación duradera, amorosa pero no menos tortuosa. Rosario, enamorada “hasta el tuétano”, debe viajar a España a poco de conocerlo. Entonces, se suceden una serie de cartas (111 en total) en las que ella siempre le manifestará su amor único, insuperable, constante y perecedero. “Era sólo amor y saber que el único modo de expresarlo que teníamos entonces era ése, que el cuerpo era la única palabra para decirlo. Te amo, nunca dejaré de amarte. No te pediré nada pues me has dado ya demasiada dicha, demasiada felicidad.”, le dice en una de las cartas. En su ausencia, Ricardo se casa, su mujer espera un hijo y están prontos a viajar a París. Las cartas terminan pero no su amor por él. Vacía y desolada, siente la distancia y se sumerge de lleno en la literatura. Los poemas emanan a borbotones y hasta enuncia el abandono que siente: “Yo ya no espero, vivo”.
En 1957, Ricardo Guerra regresa a México. Divorciado, entabla un nuevo contacto -y relación- con la poeta. Un año después contraen nupcias y este matrimonio durará nueve años tras varios abortos espontáneo, una hija muerta al nacer y la fortuna de un hijo: Gabriel.
En esos años de convivencia hay desencuentros, distancias, engaños. Quien fuera prologuista del libro epistolar, Elena Poniatowska, cuenta acerca de Rosario y su relación: “Al único que no logra ver, porque lo ama de amor loco y ciego de enamorada loca, sorda y ciega, es a Ricardo. Ricardo se le escapa en todos los sentidos.”
Finalmente, deciden divorciarse en 1971. Según comenta Guerra en una entrevista: “En esa época Rosario estaba mucho más sólida en todos sentidos, y eso ayudó a que el divorcio fuera en buenos términos, sin problemas. Luego es nom­brada por Echeverría embajadora en Israel”.
Rosario Castellanos se embarca entonces a Tel Aviv donde encontrará su destino fatal:

(¡No me vayan a hacer a mí esa cosa
de los Hombres Ilustres, con una
chingada!)

¡Cómo duele, Chayito! ¿Y esto es todo?

¡Claro que es todo, es todo!
(...)
La próxima vez que platiquemos
te diré todo el resto.
Ya no estoy enojado.

Hace mucho calor en Sinaloa.
Voy a irme a la alberca a echarme un trago.

Jaime Sabines

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.

Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)

Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.

Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.

Amigas… hmmm… a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehúyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.

Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.

Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.

(Autorretrato)

Rosario Castellanos

Producción: Carolina Bregy
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