Un vodka con limón con Héctor Prahim

Héctor Prahim es uno de esos escritores que no requieren de grandes artilugios literarios ni de los otros para lograr conmover. Con un lenguaje claro y directo pinta historias y universos tan íntimos como próximos a cualquiera de nosotros. Sus letras nos invitan a cambiar de piel o a vernos reflejados, en más de una ocasión, en sus laberintos literarios.

Sus trabajos han sido publicados en antologías, diarios y revistas nacionales e internacionales. Recibió más de una decena de premios entre los que se destaca la mención por su libro “El Pabellón de los animales domésticos” de Casas de las Américas, uno de los dos Premios literarios más importantes del Continente.

Este posteo es el debut en PAMA de Héctor Prahim, un escritor tucumano que pinta con poesía su mundo de historias y cuentos. Descubrí esta producción que forma parte de su libro “El Pabellón de los animales domésticos”

Héctor Prahim con su libro: “El pabellón de los animales domésticos

Cuidado con el odio,
que puede abrir la boca y
hacerte comer tu propia pierna
como un leproso instantáneo.
Anne Sexton

Los tornillos de anclaje del inodoro están flojos y oxidados. Tatiana enrolla papel higiénico y separa las piernas. Se pone de pie con cuidado. Sube la bombacha. Aprieta el botón de descarga. Abre la canilla de la pileta y se lava las manos con abundante agua y jabón. Acerca la cara al espejo del botiquín, acomoda un mechón de su pelo turquesa. Piensa en Sergei, hace mucho no lo va a ver, antes por lo menos le llevaba un ramo de nardos o le quitaba el pasto crecido y el moho de la lápida. Llena el cepillo de pasta dental, cepilla hasta sangrar las encías. Se enjuaga la boca varias veces. Sale hacia el living, se para frente a la ventana. Ahí abajo está la avenida iluminada y vacía y más allá la sombra gigantesca del autódromo. Sigue hasta la cocina, hay revistas y diarios por toda la mesa, blisters de medicamentos y pilas de jabones de tocador sin usar. Pasa los dedos por la silla donde Sergei comenzó a morir. Recuerda cuando él dijo que pensaba dejarla por otra. Ella no se detuvo a llorar, mucho menos a reclamar, intentó ser franca consigo misma, siempre se había dejado llevar por la fuerza para vivir de los maniáticos, de los malditos, de los condenados. 

     Antes de Sergei, había salido con un representante de futbolistas de clubes del ascenso, un neurocirujano, un empleado de funeraria. 

     El representante de futbolistas acostumbraba llevarla a ver los entrenamientos, y mientras él se ponía a hablar por celular bajo una sombrilla de mano para cubrirse de las inclemencias del sol, en una calle de tierra, al costado del alambre, donde un grupo de jugadores trotaban en silencio, Tatiana bostezaba y hacía crucigramas sentada en un viejo Audi. Después iban a almorzar a alguna fonda, y cuando ella se sentía triste y confundida, él la arengaba como si fuera uno de sus jugadores. Cuatro veces por semana iban al casino: él se desvivía por apostar en la ruleta a la par de chinos y gringos con sobrepeso que también ponían fichas por todo el paño. A ella, en cambio, le interesaba tomar un buen vaso de vodka con limón, y poner un elefantito dorado arriba de cualquier máquina tragamonedas y tirar con fe de la palanca. Después, en el estacionamiento, fumaban marihuana y miraban, a través de sus símiles Gucci y Ray-Ban, el esplendor del atardecer por encima de las palmeras artificiales y los naipes de neón. Sin embargo, el equilibrio no podía durar más de la cuenta, él dejó de devolverle las llamadas. Cuando al final se dignó a atender, le pasó con una mujer de voz firme que dijo llamarse Marina y ser la nueva pareja, dijo que desde ese momento en adelante, ella hablaría por él, y usó, sin anestesia, la frase mesiánica de “él ya no te necesita”, y a Tatiana le sonó similar a la expresión corporativa de “nosotros ya no te necesitamos” que usaron en una lavandería para echarla.

     El médico solía levantarse de cualquier reunión por llamados de urgencia de su vasto equipo de profesionales. A veces, decía, que pasaba operando entre diez o doce horas. La llevaba a cenar a restaurantes caros y le proponía inminentes viajes a lugares exóticos. Tatiana lo presentaba con orgullo a propios y extraños, le daba pie para que él, con falso pudor, contara sobre sus conferencias magistrales en diferentes congresos. Pero una vez, el cuñado de Tatiana fue a la guardia del hospital por un corte en la mano. Mientras lo vendaban preguntó de forma casual por el médico. Nadie lo conocía, salvo una enfermera del turno tarde que sí dijo registrarlo, porque el tipo era un eterno residente de la carrera de cirugía.

     Al empleado de la funeraria, Tatiana lo conoció en el tiempo que andaba en el rubro de preparar y maquillar muertos. Ella tenía una vasta experiencia en hacer el intercambio de sangre por químicos, en eso de poner pegamento en los labios, en meter algodón en orificios nasales y en oídos, en empolvar caras para que parezcan dormidas. Por las noches, el empleado le hacía café y le daba algo de charla a cinco metros de distancia, y para ella era como trabajar con la radio puesta. Después, iban a pasear en el coche fúnebre por la autopista desierta con Led Zeppelin a todo volumen. Al tiempo, ella consiguió una suplencia en un salón de belleza y lo empezó a ver cada vez menos. Un sábado de esos, a las siete y media de la tarde, entró a hacerse las manos una mujer de anteojos negros. La cajera se acercó a Tatiana y preguntó si podía atender a la recién llegada. Tatiana terminaba de darle una sesión de masaje facial a una clienta. Dijo que sí, que la hiciera sentar y que esperara. Quince minutos después la llamó: le sacó, con acetona y bolas de algodón, el esmalte de las uñas, y se mostró con pocas ganas de abrir la boca a esa altura de la tarde. En cambio la mujer, que hablaba pausado, casi de una forma somnífera, se las arregló a la perfección para saltar de tema en tema, tanto, que en algún punto se puso a decir que el pez globo era el segundo vertebrado más tóxico del planeta, el primero era la rana dorada venenosa. Después se calló de golpe. Siguieron así hasta terminar el procedimiento, con la música relajante retumbando en los espacios vacíos del local iluminado. Antes de pagar, la mujer que en ningún momento se sacó los anteojos, se miró las manos por varios segundos, largos segundos. Luego guardó el vuelto, se colgó la cartera y se fue. Era la última tarde de aquel agosto, afuera llovía y no andaba ni un alma. Tatiana agarró su mochila con alitas de murciélago y se cubrió de la lluvia. Caminó rápido hasta su Vivace. Subió y bajó el pestillo de la puerta. Prendió la radio. Se abrochó el cinturón de seguridad. Juntó las manos mientras esperaba a que el motor calentara, sopló aliento cálido. En eso, unos faros potentes se prendieron a la distancia. La primera colisión vino del lado del acompañante. Tatiana sintió el latigazo en el cuello, el golpe en la rodilla. El coche fúnebre retrocedió, volvió a chocarla. Tatiana se quedó hundida en el asiento, con las manos temblorosas en el aire, a centímetros del volante. Empezó a acercarse gente, pero nadie hizo nada. Una vez más, el coche largo y oscuro arrastró el paragolpes para atrás, se detuvo a la distancia, echando agua por todos los lados como un buque en la marejada, acelerando y reponiendo fuerzas, con la luz infernal de un único faro desalineado. Tatiana balbuceó algo y abrió la puerta para bajar, pero un nuevo impacto la mantuvo en su asiento. Golpe tras golpe, el Vivace cedió unos metros de costado hacia un cantero de cemento. Al final, alguien compasivo logró rescatar a Tatiana. Del otro coche bajaron a la mujer de anteojos negros, que no paraba de tratarla de puta, de roba maridos.

     Cuando Sergei le dijo que la dejaba de forma definitiva porque había otra, ella intentó mostrarse lo más superada posible. Le puso el boxeo en la televisión, y dijo que era libre de hacer lo que quiera, sin rencor alguno, que solo se quedara aquella noche. Sergei se acercó a la ventana, era fecha de picadas de camiones en el autódromo, dijo que le parecía bien. Al rato, ella bajó a comprar cerveza y cocaína. Al volver, destapó una botella y se puso a amasar pizzas. A la segunda cerveza, en el momento que Sergei fue al baño, ella tomó el revólver que él había dejado sobre la mesa y lo puso arriba de la heladera. Con una cuchara pisó pastillas de Rivotril, Tiarix y Femiane, incluso tuvo tiempo suficiente para mezclarlo con la cocaína. Separó tres líneas sobre la mesa. Cuando Sergei volvió se encontró eso servido como una ofrenda. Se sentó y sacó sus cigarrillos, prendió uno, dejó el paquete sobre la mesa y fumó y miró las líneas a través del humo. Luego enrolló un billete. Aspiró. Cerró los ojos, se apretó las fosas nasales, soltó y respiró profundo. Subió el volumen del televisor donde dos minimoscas se golpeaban en el centro del ring. Tatiana separó más líneas y sintió lástima, pensó en desistir, pero ya Sergei aspiraba con tanta fuerza que echaba la cabeza hacia atrás en la silla. Iba a continuar con la cerveza y con la cocaína hasta que los ojos se le pusieran en blanco y luego vendrían las convulsiones que lo tirarían al piso, y Tatiana serena frente a la ventana, mirando las luces del autódromo, mientras que el olor a vómito y a mierda se hacía más intenso.

Héctor Prahim

(Vodka con limón)





Acerca de Leandro Murciego

Soy Leandro Murciego, periodista el diario La Nación en Argentina hace más de 25 años, poeta y autor del libro "Identidad", gestor cultural y creador del blog PAMA (Poesía a Mano alzada) que nuclea y cura trabajos de poetas hispanoamericanos. Creador y conductor de los ciclos radiales "Noche de Letras 2.0" y "NDL Casual". Además, soy coach ontológico y trabajo profesionalmente como coach y mentor de artistas, mi trabajo es ayudar -en especial- a escritores, cantautores y a personas interesadas, a refinar y enriquecer su estilo literario.
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