Hay que habitar la poesía y para ello no se precisan grandes recursos o versos complejos con palabras difíciles. Habitarla es darle vida, resignificarla, correr las cortinas para que la luz ingrese por la ventana.
Habitar la poesía es ser capaz de hacer silencio, de escuchar su respiración y poder moverse al ritmo de su palpitar. Aquí compartimos un poema desprovisto de “firuletes” que no tiene mayores pretenciones literarias.

Para Eva
Cuando sonreís:
el mundo se hace suave,
los turros no existen
y la tabla del nueve
me sale de un tirón.
(Leandro Murciego)
Noviembre 2019















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